Historia de un conductor del Metro de Madrid

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Todo empezó en Madrid. Los empleados del Metro, ante la enésima injusticia social, rompieron la baraja. En su primer día de huelga se negaron a cumplir los servicios mínimos mientras los organismos oficiales, ciudad y comunidad, les atacaban por su “irresponsabilidad” y se negaban negociar una bajada de sueldo que iba contra el convenio estipulado. Ellos, valientes, decidieron continuar con la huelga un día más.
Los ataques continuaron pero ellos no se amilanaron y se declararon en huelga indefinida. Un par de días después se encerraron en una estación y acamparon allí en espera de que alguien se dignase a hablar con ellos, a negociar una situación que cada vez se tensaba más.
El Gobierno autonómico hizo bajar al ejército a los túneles, para suplir las manos bajadas por la lucha y hacer funcionar la arterias de la capital pero se encontraron una enconada defensa de los núcleos principales del sistema. Los trabajadores impedían que nadie entrara en sus puestos de trabajo, que nadie los apartara del camino.
Y sucedió lo que suele suceder cuando dos grupos enfrentados están muy cerca y al menos uno de los dos bandos tiene armas. Un empujón de un huelguista fue contestado con un disparo a quemarropa, tumbándolo junto a las vías en un charco de sangre que, poco a poco, se filtraba por las losetas del suelo. Hubo un momento de silencio tenso, un grito de rabia y una carga de hombres desarmados contra un montón de uniformes. Nunca se aclaró el número de bajas reales pero la estación aún conserva restos de la matanza que ocurrió allí. De la matanza que provocó el cambio.
Disturbios, asaltos a edificios oficiales, turbas enormes de gente moviéndose por todo Madrid. Luego Barcelona, Valencia, Córdoba, Salamanca… Por todo el país la indignación frente a los abusos de los poderosos ardió con la rabia de los que habían sido mansos. Ardieron los bancos, los palacios, las sedes. Se decretó Estado de Excepción, se impuso la Ley Marcial… no sirvió de nada. En pocos días toda forma de Gobierno fue descabezada, a veces literalmente. Ardieron los cimientos de los edificios de las otrora poderosas compañías, de los bancos, de las inmobiliarias. Todo aquello que llevó al país a la bancarrota fue pasado por la espada, por la piedra, por el fuego. Pocos pudientes escaparon del país, muchos cayeron en sus propias casas, víctimas de la gente que hacía unos días les hacían la comida y limpiaban por ellos.
La llama prendió a una vecina Francia que también andaba falta de una modernización de su clásica Revolución. París fue más que nunca la Ciudad de la Luces al quemarse. Desde ahí, toda Europa. Alemania, Suiza, Polonia, Italia, todo país veía como el status quo desaparecía bajo el martillo del Pueblo. Ese Pueblo que había dormitado durante siglos, esos obreros que no habían levantado una mano jamás contra nadie, esa bestia enorme y tranquila se despertó con furia inusitada y barrió todo lo que encontró a su paso.

Millones murieron, más que en la Segunda Guerra Mundial, ya fueran obreros o terratenientes, la Sublevación de los Pueblos (como sería conocida más tarde) se llevó por delante todo lo que encontró.

Tal vez deberíamos darle las gracias a ese pobre conductor de Metro que recibió el primer balazo. Nos permitió empezar de nuevo desde cero.

Secuestrados

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Hace unos años escribí un post en un blog en el que colaboraba señalando el (evidente) paralelismo entre el Mito de la caverna y Matrix, la película. Creo que no descubrí nada nuevo para la mayoría, es obvio que es una de las inspiraciones de la película, pero no está demás que le echéis un vistazo para refrescar. Aquí os espero.

Welcome to Matrix, leave all you rights behind

Bien, retomemos el tema. Hace unos días tuve una epifanía, un sueño producto de una siesta demasiado larga, con demasiado calor y después de haber comido demasiado en el que me daba cuenta de que nuestra realidad, esa que todos creemos conocer, era una muy diferente. Soñé que estaba dentro de Matrix, pero no la de la película, tan reconocible y molona, sino que simplemente era consciente, de repente, de que lo que estaba viviendo, mi vida normal y corriente no era esencialmente REAL. Me explico. No creo que seamos pilas humanas para un ejército de máquinas que conquistaron el mundo hace siglos y nos tienen en letargo suspendidos de enormes pilones de donde extraen nuestra energía. No exactamente. Creía, y me empiezo a dar cuenta de que quizá es incluso verdad, que éramos esclavos de una maquinaría financiera diseñada para sacarnos todo lo que tenemos. Que habían secuestrado nuestra vista (no vemos la realidad, sino lo que los medios, al servicio de dicho entramado financiero, nos dejan ver), nuestra voluntad (no podemos romper la baraja y dejar de jugar, está diseñado de tal manera que los engranajes de este modelo te volverán a meter en tu jaula invisible para que sigas produciendo), y nuestra libertad (sustituyéndola por una cosa que se le parece pero que no es lo mismo ni por asomo). ¿Hasta qué punto deja de ser cierta esta revelación en forma de indigestión post-prandial? Creo que no lo es. Es bien cierta. Hemos sido secuestrados y puestos en una falsa ilusión de democracia, de realidad, de libertad en la cual nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestras ambiciones son sistemáticamente cortadas, mutiladas, cribadas. No conozco a nadie que sea realmente dueño de su destino, todos estamos coaccionados de mil y una maneras para seguir dentro de ese engranaje en el que todo lo que haces, todo lo que hacemos la mayoría, va a parar al bolsillo de unos pocos. Ya no hay gobiernos reales, sólo pantomimas de elecciones a las que se presentan los mismos de siempre pagados por ese capital, ya no hay posibilidad de salirse de la norma, todo el mundo paga sus impuestos le guste o no, sea justo o no, ya ni siquiera somos capaces de soñar con la verdadera libertad, la de hacer lo que realmente quieres hacer, porque NUNCA LO HEMOS VIVIDO.

Ciegos, sordos e inermes

El miedo, la coacción, la educación orientada a la canalización de las cosas importantes y la sublimación de lo insustancial, la creación de falsas necesidades… todo nos ha llevado a ser una sociedad sin esperanzas, una sociedad en la que poder tener un trabajo (ya ni siquiera que te guste) es un máxima, un ideal. DARLE TU TIEMPO A OTRAS PERSONAS PARA QUE SE ENRIQUEZCAN CON TU ESFUERZO NOS PARECE DESEABLE. Y normal. Y cotidiano. A este punto hemos llegado. A que eso nos parezca normal. Han desarrollado tan bien el sistema que no nos parece mal que haya gente enriqueciéndose exponencialmente mientras otra parte del mundo muere de hambre y subdesarrollo. Pues no me parece correcto. Sé que hay muchos liberales que me pondrán a caer de un burro por lo que he dicho pero la verdad es que no me importa. No me parece bien que haya una sola persona en el mundo a la que se le permita ganar un euro de más mientras haya otra que no tenga qué llevarse a la boca. Creo que deberíamos reclamar ese derecho universal a costa de lo que sea. A costa de nuestro supuesto Estado del Bienestar, a costa de nuestros coches, de nuestras vacaciones, a costa de lo que haga falta. Que obliguemos a nuestros captores a empezar de nuevo, colapsarlo todo, quemarlo todo para empezar de nuevo porque este mundo está podrido ya y nada de lo que se haga sobre él logrará cambiarlo. Debe ser purgado con fuego e ira.