Gente acartonada

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Anton Tang siempre miró el mundo con los ojos de un niño. ¿Quién no se ha puesto nunca una caja en la cabeza y ha fingido ser un robot o un astronauta?

Ahora, esos personajes que imaginábamos cuando éramos pequeños, cobran vida y nos muestran un universo real de muñequitos hechos con cajas de cartón.

Seguro que todos ellos estaban esperando a que alguien les inyectara esa dosis de vida que tanto necesitaban.

Al margen de la original idea, hay que recalcar que la producción es impecable. Las fotografías son buenísimas técnicamente, y siempre tenemos la impresión de que los personajes tienen el tamaño real de una persona, por la profundidad de campo y los ángulos elegidos para el encuadre.

¿No son adorables? Ains… 😉

Visto en This Blog Rules.

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Historia de un conductor del Metro de Madrid

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Todo empezó en Madrid. Los empleados del Metro, ante la enésima injusticia social, rompieron la baraja. En su primer día de huelga se negaron a cumplir los servicios mínimos mientras los organismos oficiales, ciudad y comunidad, les atacaban por su “irresponsabilidad” y se negaban negociar una bajada de sueldo que iba contra el convenio estipulado. Ellos, valientes, decidieron continuar con la huelga un día más.
Los ataques continuaron pero ellos no se amilanaron y se declararon en huelga indefinida. Un par de días después se encerraron en una estación y acamparon allí en espera de que alguien se dignase a hablar con ellos, a negociar una situación que cada vez se tensaba más.
El Gobierno autonómico hizo bajar al ejército a los túneles, para suplir las manos bajadas por la lucha y hacer funcionar la arterias de la capital pero se encontraron una enconada defensa de los núcleos principales del sistema. Los trabajadores impedían que nadie entrara en sus puestos de trabajo, que nadie los apartara del camino.
Y sucedió lo que suele suceder cuando dos grupos enfrentados están muy cerca y al menos uno de los dos bandos tiene armas. Un empujón de un huelguista fue contestado con un disparo a quemarropa, tumbándolo junto a las vías en un charco de sangre que, poco a poco, se filtraba por las losetas del suelo. Hubo un momento de silencio tenso, un grito de rabia y una carga de hombres desarmados contra un montón de uniformes. Nunca se aclaró el número de bajas reales pero la estación aún conserva restos de la matanza que ocurrió allí. De la matanza que provocó el cambio.
Disturbios, asaltos a edificios oficiales, turbas enormes de gente moviéndose por todo Madrid. Luego Barcelona, Valencia, Córdoba, Salamanca… Por todo el país la indignación frente a los abusos de los poderosos ardió con la rabia de los que habían sido mansos. Ardieron los bancos, los palacios, las sedes. Se decretó Estado de Excepción, se impuso la Ley Marcial… no sirvió de nada. En pocos días toda forma de Gobierno fue descabezada, a veces literalmente. Ardieron los cimientos de los edificios de las otrora poderosas compañías, de los bancos, de las inmobiliarias. Todo aquello que llevó al país a la bancarrota fue pasado por la espada, por la piedra, por el fuego. Pocos pudientes escaparon del país, muchos cayeron en sus propias casas, víctimas de la gente que hacía unos días les hacían la comida y limpiaban por ellos.
La llama prendió a una vecina Francia que también andaba falta de una modernización de su clásica Revolución. París fue más que nunca la Ciudad de la Luces al quemarse. Desde ahí, toda Europa. Alemania, Suiza, Polonia, Italia, todo país veía como el status quo desaparecía bajo el martillo del Pueblo. Ese Pueblo que había dormitado durante siglos, esos obreros que no habían levantado una mano jamás contra nadie, esa bestia enorme y tranquila se despertó con furia inusitada y barrió todo lo que encontró a su paso.

Millones murieron, más que en la Segunda Guerra Mundial, ya fueran obreros o terratenientes, la Sublevación de los Pueblos (como sería conocida más tarde) se llevó por delante todo lo que encontró.

Tal vez deberíamos darle las gracias a ese pobre conductor de Metro que recibió el primer balazo. Nos permitió empezar de nuevo desde cero.